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HERIDAS INVISIBLES Antonia Hermoso Arribas Alumna del Formación Básica
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Ahora que tanto se habla de la violencia contra la mujer, ha llegado a mis manos un libro muy interesante sobre este tema. Lo escribe una doctora de Estados Unidos, Marie France Hirigoyen, psicóloga, especializada en Victimología. Y en este caso analiza los daños que recibe la victima de un “acosador perverso”. El libro se titula “El acoso moral”. Después de leer los diversos casos que describe, atendidos en su consulta, se llega a la conclusión de que nos sentimos dolidos e indignados cuando sabemos que ocurren esos casos de malos tratos que llegan incluso al asesinato. El agresor siempre es el marido o compañero de la víctima. Esta situación está catalogada como “Violencia doméstica o de género”. Llama la atención y se dice poco de esas víctimas silenciosas que sufren el maltrato psicológico. No deja huellas exteriores, no hay moratones ni sangre, pero destruye igualmente a una mujer. Tienen la mala suerte de enamorarse de un “acosador perverso y narcisista”. Este hombre suele ser encantador en un principio, es atento, está en todo, pero ella no se da cuenta que tiene pocos detalles afectivos. Poco a poco, alrededor de la víctima, va tejiendo como una tela de araña de poder, para marcar así su dominio, que le apresa y ahoga, que le enmudece de tal manera, que la víctima no encuentra la forma de defenderse. La acosa moral y psicológicamente con miradas frías o de desprecio, insinuaciones continuas a su torpeza, pues aunque ella actúe siempre pensando en él, para verle contento, tendrá el reproche a tiempo, del perverso, para demostrar que no le gusta, “no es así como él quiere que estén las cosas”. Suele ser envidioso, y si la mujer destaca en su relación con los demás o en actividades de su trabajo, por todos los medios tratará de anularla. Delante incluso de los amigos comunes no consiente que la admiren y se apropiará de las ideas de ella, presumiendo como suyas. Así intenta disminuir su inteligencia ante el grupo. La víctima, por no dejarle en ridículo, se calla no se atreve a defenderse. Con esto cuenta él.
Esta sumisión hace pagar un precio muy alto de tensión interior, el estrés es continuo, están permanentemente en vilo, al acecho de una mirada o un gesto tirante o un tono helado en el hablar. Con esta situación, la mujer cree que es una inútil, que la relación no funciona, porque no se esfuerza en comprenderles y le invade un fuerte sentimiento de culpa. Así ha conseguido su agresor su objetivo, convertirse en víctima, es muy hábil. ¿No es esto una destrucción paulatina de la mujer? ¿Quién la creerá? Él es muy inteligente y dará la vuelta a la situación. La víctima siente miedo y vergüenza y calla. Si observamos un poco, veremos en los ojos de algunas mujeres que sospechamos o sabemos que sufren este martirio, una tristeza infinita, una mirada que grita pidiendo ayuda, pero no se atreven porque piensan que no van a ser comprendidas, ya que no pueden demostrar nada. Ocurre en todos los estratos sociales, pero si el agresor es de un nivel cultural más bien alto, es más refinado el daño. Como es muy astuto, sabe pasar con todo cinismo ante los demás como la víctima de esa situación. Si ella se queja y amenaza con denunciarlo, con sarcasmo dirá que no se moleste, porque nadie la va a creer, no tiene pruebas. A veces consiguen que la víctima se suicide, pero el pasará por ser un pobrecito marido que tenía a su lado a una persona desequilibrada emocionalmente. ¡Qué impotencia deben sentir estas mujeres! ¿Cómo destruir a estos malvados con dos caras?
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