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APRENDER ES COSA DE PERSONAS ADULTAS
Florentino Sanz Fernández Profesor de la UNED . |
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En algunos análisis recientes se dice que la información se triplica aproximadamente cada tres meses. Para hacernos idea de este crecimiento pensemos que si en el año 1999 había solamente 500 millones de páginas Web circulando por internet, en el 2003 se calculaban más de 6.000 millones. El conocimiento, que es distinto que la información (puesto que no todo el que tiene datos es capaz de relacionarlos y estructurarlos para interpretar o dar sentido a lo que ocurre) crece también muy deprisa pero no tanto como la información. Se dice que el conocimiento se duplica cada diez o quince años. Pero el cambio se está produciendo no solamente porque aumente la información y el conocimiento sino porque se difunden a una gran velocidad. Un historiador del prestigio como es Arnold Toynbee, decía en 1973, que la humanidad había recorrido tres etapas. En la primera, la de la prehistoria, las comunicaciones eran muy lentas y la producción del conocimiento más aún. De tal forma que cualquier novedad que se producía podía difundirse mundialmente antes que se produjera la siguiente. En una segunda etapa los conocimientos se producían a más velocidad que se difundían, de tal forma que cada región del mundo tenía sus características especiales dependiendo de sus conocimientos específicos. Vivimos en una tercera etapa en la que se produce mucho conocimiento pero su difusión es muy rápida también con lo que prácticamente las novedades en una parte del mundo lo son inmediatamente en cualquiera. ¿Qué pensar sobre la educación de personas adultas en una sociedad como la nuestra en la que la información y el conocimiento avanzan tan rápidamente?
Esta evolución de la información y del conocimiento tiene repercusiones muy concretas en nuestra historia diaria. La primera, y una de las que más nos afecta, es que la rápida evolución del conocimiento lleva consigo un cambio también rápido de los perfiles profesionales. Antes, cuando el conocimiento se duplicaba cada doscientos, cada quinientos años, cada mil años, una profesión duraba varias generaciones (todavía nuestros padres han labrado la tierra con el mismo arado que lo hicieron los romanos) pero ahora, se han invertido totalmente los términos: durante una misma generación hay que desempeñar varias profesiones o, lo que puede ser lo mismo, una misma persona se ve forzada a cambiar de forma de trabajar varias veces durante la etapa activa de su vida. Esto se debe a que el conocimiento, que siempre ha sido un elemento importante en el proceso de producción, ahora lo es de una forma primordial. El conocimiento se convierte en tecnología muy rápidamente, es decir, se introduce en los instrumentos de trabajo con mucha rapidez modificando profunda e intermitentemente las herramientas de trabajo. Pensemos que de la misma manera que el conocimiento se introduce en las herramientas de trabajo obligando a trabajar a los adultos de distinta forma, también se ha introducido en los juegos de los niños y les obliga a jugar de otra manera o a jugar con coches virtuales en lugar de con coches reales. Pensemos en los juegos de la Play station. Pero sigamos con los adultos. El conocimiento no sólo cambia las herramientas de trabajo sino también la organización del trabajo. Un ejemplo: antes en el trabajo en cadena, que era lo que predominaba, no se requerían habilidades comunicativas para trabajar, es más se exigía estar concentrados y trabajar en silencio para producir más y mejor; ahora la organización del trabajo en cadena se está sustituyendo por el trabajo en equipos o en contacto con la gente y, cada vez más, lo que se requiere es que los trabajadores hablen y sepan comunicarse con el público. Todo esto provoca una necesidad de formación continua. Mucha gente adulta, que fue a la escuela e incluso a la universidad, tiene necesidad de seguir estudiando. Los adultos que aprenden ya no son solamente aquellos que no aprendieron a leer o a escribir sino todos, los que aprendieron de niños y, por supuesto, también los que no aprendieron. Pero la gran novedad de nuestra sociedad es que aprender ya no es solamente algo que deben hacer los niños y aquellas personas adultas que no lo hicieron de niños. A cualquier persona adulta se le exigen hoy las suficientes habilidades académicas que requiere la vida social y también las habilidades comunicativas o laborales que requiere la nueva sociedad en la que vivimos y las modificaciones constantes en las forma de trabajar. Y ahí estamos todos y todas las personas activas. Aprender ya no es solamente algo que puede hacer el que quiera o la que quiera. No. Para trabajar y para continuar trabajando es condición imprescindible aunque no suficiente seguir aprendiendo.
Pero no es solamente el trabajo lo que cambia con la abundancia de información y de conocimiento. Cambian también los problemas y las preguntas que los seres humanos nos hacemos sobre nuestra vida cotidiana. Antes no era posible preguntarse si era buena o mala la comida de productos transgénicos porque no existía este tipo de productos, pero hoy se nos plantea esta pregunta cada día más, una pregunta que, por otra parte tiene mucho que ver sobre las consecuencias de nuestra salud. Antes no era posible preguntarse sobre las bondad o maldad del desarrollo de las células madre y hoy existe, sin embargo un gran debate sobre este tema. Son solamente dos preguntas de tipo ético que radican en los nuevos conocimientos sobre la vida y su modificación y sobre las que no solamente muchos adultos sino también la mayoría de mayores quieren y necesitan saber algo o saber más. De la misma manera la información globalizada nos permite saber las dimensiones de los problemas sociales. Cada vez tenemos más información sobre la contaminación atmosférica o sobre cómo se reparten los bienes y productos del mundo. Estamos informados de la desproporción tan grande que existe en este reparto de bienes. Para poner un ejemplo podríamos decir, simplificando, que mientras el veinte por ciento de la población mundial dispone del 80% de la riqueza producida, el 80% de la población se tiene que repartir el 20%. Antes esta información no circulaba con tanta claridad, hoy existen análisis e información que constantemente nos llega mucho más detallada y que lógicamente nos hace pensar. Mejorar este tipo de repartos tan injusto exige aprender a participar activamente en los mecanismos sociales. Nuestra participación social cada día ha de ser más estudiada, más analizada. Cada día más personas adultas y mayores consideran una irresponsabilidad, tal y como está el mundo hoy, no participar en su mejora o participar irresponsablemente, sin criterios. Antes era más fácil tener un criterio sobre la forma de actuar socialmente pero ahora es más complejo porque no solamente tenemos información local sino también mundial.
Ya pasaron aquellos tiempos en los que la educación era sólo cosa de niños, aquellos tiempos en los que se estaba convencido de que durante los primeros años de la vida se podía aprender todo lo que se iba a necesitar a lo largo de ella, por muy larga que fuera. ¿Quien se pondría hoy, con lo que avanza la ciencia, en manos de un profesional cualquiera (en medicina, en derecho, en arquitectura, en enseñanza ...etc.) que no estuviera al día, es decir, que no hubiera aprendido o estudiado nada, desde que terminó su carrera? Ciertamente sería una temeridad ejercer cualquier profesión sin continuar aprendiéndola constantemente. Se ha roto por lo tanto la tradicional organización del tiempo que distribuía las funciones sociales de los ciudadanos en tres etapas. La primera etapa de la vida (niñez, adolescencia y juventud) se dedicaba a aprender en la familia, escuela o universidad; la segunda etapa, la de la adultez, se dedicaba a poner en práctica lo aprendido en el trabajo o en la vida ciudadana activa y a enseñar a las generaciones jóvenes lo que debían saber; la tercera era la etapa del descanso y la jubilación de los mayores a los que se consideraba ya sin responsabilidad alguna y cuya misión no era ya una misión activa sino pasiva. La educación por lo tanto no es cosa de niños sino de todos. Ya no podemos permitirnos el lujo de aprender durante unos pocos años lo que vamos a necesitar para toda la vida. En este sentido podríamos decir que aprender es como el respirar o el comer: hay que hacerlo a lo largo de toda la vida no sólo para mantener la salud sino para mantenerse vivo. La educación no es cosa de personas adultas pero no sólo de un sector de la población adulta sino de todos. Aprender a lo largo de toda la vida, podríamos concluir es cosa de todos.
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