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NUNCA ES TARDE PARA APRENDER Esther Requena Asesora C.F.I.E. de Ávila
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A mí me animó mi prima, la Cande, una tarde que veníamos de andar: -¿Y por qué no te apuntas a lo de Adultos? Por aquella época no estaba yo muy católica, maja: el pequeño ya se había ido a trabajar a Ávila y sólo le veía a la hora de cenar, que ya se sabe, que cuando se hacen mayores la casa la tienen como de pensión. El marido, nada más terminar de comer, se me iba a echar la partida y lo mismo más o menos, que luego por la noche se sienta en el sofá y se queda dormido, así que ni una conversación ni nada de nada. Y a mí el día se me hacía largo, siempre sola, metida en casa, que una no ha hecho otra cosa en su vida nada más que ocuparse de la familia, y cuando los hijos vuelan...creo que le llaman el “síndrome del nido vacío”, que lo oí un día en el programa de la Campos. El caso es que, como te digo, andaba un poco deprimida. Y además, de siempre tenía yo como un gusanillo en mi interior, porque a mí me hubiera gustado muchísimo estudiar, que cuando iba a la escuela no se me daba nada mal. Pero eran otras épocas: aprendías las cuatro reglas y en cuanto podías te ponías a trabajar en lo que fuera, que buena falta hacía en casa y además eras mujer y como que no se terciaba. Si alguien podía seguir estudiando era el hermano y vaya sacrificio que hacíamos todos para pagarle el internado y más tarde la carrera. Pero eran otros tiempos: para qué vamos a echar la vista atrás. Pues como te iba diciendo mi prima, que ya llevaba dos años en lo de Adultos, me estuvo contando y contando y, oye, sonaba bien aquello. Lo que pasa es que me ponía a pensar y, la verdad, me daba vergüenza:
anda que a mis años, volver a la escuela... ¿qué iban a decir en casa? Y la verdad es que estaba indecisa: por un lado aquello me atraía, tenía ganas, me apetecía aprender y relacionarme... por otro me daba miedo: ya era demasiado tiempo sin coger un libro, seguro que no iba a poder con ellos y a lo peor alguien se iba a reír de mí. Pero tampoco soy yo más tonta que la Cande y si ella y otras más pueden...el caso es que, un sábado que vino mi nuera, que es un sol, se lo comenté y no veas todo lo que me respaldó. Y cuando llegó septiembre ahí estaba yo: la primera para apuntarme. Y chica, estoy encantada de la vida: lo primero es que de quitarte tiempo, nada. Te organizas y en lugar de tragarte la novela, o los cotilleos, terminas de hacer tus cosas y te vas a clase. Pasas allí la tarde y sales de otra manera: con la sensación de haber hecho algo interesante. Porque aprender, no veas lo que se aprende, pero también es que nos lo pasamos en grande: el ambiente entre nosotras es excelente. Lo que no se le ocurre a una, se le ocurre a otra, siempre hay tiempo para echarse unas risas, sin faltarle a nadie, eso sí. Luego hay que ver lo que ha cambiado la enseñanza de nuestros tiempos a ahora. Con el miedo que me daba a mí y resulta que, como lo enfocan de otra manera, no es aquello de tragarte cuentas y lecciones y venga copias y más copias: es más divertido, porque lo plantean de una forma que te salen las ganas solas, todo basado no en rollos, sino en tu vida y lo que pasa: que hay tal noticia, pues la leemos, la comentamos, decimos nuestra opinión, lo escribimos... no te digo que no haya que esforzarse, porque el que algo quiere, algo le cuesta; pero es de otra manera. Que no tenemos prisa para sacarnos ningún título, ni tenemos que demostrar nada a nadie: estamos ahí para aprender y porque nos gusta, a ver quién da más. Además que ahí no se queda la cosa: con ese buen ánimo que tenemos, no veas lo que participamos en la vida del pueblo: si hay alguna fiesta o alguna iniciativa que nos parece interesante, somos las primeras en colaborar: lo mismo diseñamos los carteles de carnaval que montamos una merienda o echamos una mano a quien le haga falta. Ahora también estoy aprendiendo informática, maja, que me parecía un mundo y resulta que es de lo más sencillo: el otro día tenías que ver la cara que puso mi nieto cuando me vio pasar una poesía que había escrito al ordenador: ¡Vaya abuela más moderna!, me dijo. Y para el año que viene, derechita al taller de cocina. Así que, ya me ves, que parezco otra. Yo te repito lo que en su día me dijo mi prima Cande: te vas a la Plaza de la Nava, número quince, al Centro de Adultos de El Tiemblo y te apuntas, que nunca es tarde para aprender. De los libros y de la gente, maja. Lo que yo te diga.
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