EL BARRACO HACE MUCHOS AÑOS

José María Arroyo

                                                                                             El Barraco

 

 

El Barraco, cuando dejó de ser aldea dependiente de la ciudad de Ávila, para convertirse por privilegio del rey Fernando IV, en villa independiente del Concejo, los heredamientos o tierras que le señalan los cuatro caballeros abulenses, son amplísimos, fruto de dos factores, a cuál más importante:

          1.- La desaparición de muchos despoblados, entre los que cabe citar La  Torrecilla, El Egido, La Torre de la Gaznata, El Guijuelo, El Marueco, Santa Polonia, Navacarros, Santa Yusta y Avellaneda, que pasan a formar parte al lugar de El Barraco y su aldea San Juan de la Nava, que juntas forman el concejo.

          2.- La anulación casi total de la presión señorial por parte de la justicia del rey. Dicha presión no fue efectiva en la Dehesa de la Nueva, cuyo dominio directo lo ejercía el malhechor feudal D. Pedro de Ávila, señor de Villafranca y marqués de Las Navas. También se quiso apoderar de las pegueras de Valdedate y tierras de Navalsao y Navacarros, cosa que no consiguió, y las tierras siguieron estando en manos del “procomún”.

          Dentro de este término se encuentran topónimos perdidos en el tiempo y que no aparecen en ningún mapa, tales como la “Dehesa de Navasllanas”, “el Robledal de la Mata”, “las Peguerillas de Valdedate”, “la piedra de la Yugoriza”, etc.

          Para conservar este amplísimo término tuvieron que hacer frente el concejo de El Barraco y San Juan de la Nava a numerosos pleitos con las entidades administrativas lindantes al mismo. Así con el Concejo de Ávila pleitearon por la posesión de Valdeyusta, por la Dehesa de la Nueva y las Porquerizas. Con el concejo de Navalmoral, de jurisdicción real, por la tenencia de Navacarros y la Dehesa de Navalsao; y con el concejo de Burgohondo por el lugar conocido como La Pedriza. Los primeros pleitos se ganaron, los últimos dos citados se perdieron. El extenso territorio se dividiría en el sigo XVIII, al separarse San Juan de la Nava, del concejo.

          El paisaje actual dista mucho del que existía en aquel momento. La mayor parte de la tierra estaba cubierta por una extensa vegetación de pino negral, que se localizaba, según los papeles de la época, en los sitios conocidos como Las Cabreras, Las Gamelleras, Baldios, Valle Iruelas, La Rinconada, Navas de Merina, Cruz cuervo, Rosado, Valdedate, Monte de las Cinco Villas, Castrejon y Cerrillo de la Nava.

         Junto a esto, existían formaciones vegetales aisladas, de encina y de roble.

          En la parte de más altitud del término municipal, y lo que menos ha variado en el tiempo, estarían los pastizales y piornos.

          Los productos del pino, por una parte la pez, que se elaboraba en la peguera y que servía para restañar, para botería o como un producto de guerra, y por otro la madera que servía para hacer artesas y gamellas fueron unas de las actividades económicas más importantes de esta pequeña aldea, claro está, contando también con la ganadería, sobre todo de ovejas.

          Fue tan importante la elaboración de la resina en “pez”, que surgió la cofradía más antigua, que se conoce en la localidad. Me estoy refiriendo a la cofradía de Pegueros, a cuyo frente se nombraba a un mayordomo que era ayudado por un consejo que regulaba todos los aspectos, por mínimos que fueran, de la elaboración de la resina en pez. Los sitios de trabajo se llamaban “pegueras”, la más importante se situaba en terrenos comarcanos a la actual plaza de toros, y junto a esta estaban “las peguerillas”, las más conocidas se situaron en Valdedate y el Arrejondo.

          A medida que pasa el tiempo se van produciendo diversas talas, seguidas de roturaciones de terreno, que reemplazan al pino por campos de vid y tierras de pan llevar. Estas primeras talas de pinos se localizan en Navas de Carrera, Las Viñas, Navalcubillo, Valdedate, Navagrande, La Hoya, Mancholomo y San Marcos.

          Junto a todo este paisaje se explotaban los huertos y linares que se situaban a ambos márgenes del arroyo de la Garganta, y en los ríos Alberche y Gaznata.

          El núcleo de población se instaló en un claro del bosque, a la solana del monte de la Cabrera, resguardado de los vientos procedentes de la Paramera. Los edificios fueron surgiendo alrededor de la iglesia dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, cuya fiesta se celebra el día 15 de Agosto, como fiesta de finalización de las tareas agrícolas. Las primeras calles conocidas son el Mercado Chico, donde se celebran las primeras transacciones comerciales y donde se sitúa la Casa Rectoral y Casa de la Cilla, en la cual depositan los cilleros, la parte de la cosecha que le corresponde a la iglesia como tal.

         Luego la calle de Las Parras, llamada así por la abundancia de esta planta. La calle la Mojea, primera calle empedrada de la localidad, y por fin La Nava, arrabal de la localidad, y donde se asentaban las clases más humildes.

          Bastantes años después, la actividad se desplaza a otra zona, también comarcana a la iglesia, pero más amplia y mejor comunicada. Es la zona llamada “Barrio del Comisario”, formado por la plaza del Alamillo, Casas  del Comisario Melchor Torres, Casas de la Dignidades Eclesiásticas y el único convento de monjas conocido de la localidad. Alrededor del mismo surgen las calles del Alcotán, del Sacristán, de La Cabezuela y el Pilón de Zuil.

          Alrededor de la población y en zonas rurales se encuentran numerosas ermitas, entre las que cabe destacar las de San Sebastián, San Isidro, San Antón, San Roque, Ermita de la Soledad, y la ermita de la Piedad. Más lejos se encontraban la ermita de San Marcos, por todos conocida, y que ha sido restaurada en los años 50 y junto a esta algunas ermitas de los despoblados como San Miguel en el Murueco, Santa Marina, cerca de la anterior, Santo Domingo de Guzmán en la Torrecilla, Santa Yusta en Navalpuerco, y otras como la de la Avellaneda y El Egido, que no se sabe a qué santos estaban dedicadas.

          Una ermita que está perdida en el tiempo y en la memoria, es la conocida como la de “San Ildefonso”, situada en el lugar conocido como Tres caminos, y en la zona conocida como el “Canto del Fraile”, por ser este religioso en el que se encargaba de la custodia de la misma. Dicho nombre no se debería perder y se podría utilizar, por la cercanía con el nuevo cementerio municipal, para dar nombre a éste.

          La sociedad barraqueña estaba formada por cristianos, moros y, en menor medida, por judíos.

          Los judíos serían agricultores, y los más acomodados, tenderos y molineros. Se tiene constancia de su existencia por la aparición de un medallón que tiene grabada en una de sus caras la estrella de David, y también por la existencia de un topónimo reseñado con el nombre de “Juios”

         Los moros viven en los arrabales de la localidad o bien dispersos en caseríos o pequeños núcleos de población, sitos a lo largo de los cursos de arroyos y ríos. Uno, quita al más importante de la localidad, por la gran cantidad de restos encontrados, se sitúa en los lugares, conocidos como “La Vega Grande” y “La Vega Chica”, “Arrejondo” o “Arroyo Hondo”, “Arremoro” o “Arroyo Moro” y en “Valmoro” o “Valle Moro”.

           Son excelentes agricultores, y unos verdaderos ingenieros a la hora de dominar la agresividad del agua y canalizarlo por medio de “pesqueras” y “caños” o “canales” a los “huertos” y “linares”, salvando los desniveles del curso de la garganta para situar el agua en la ladera de los montes donde se han construido los predios.

          De nuevo cuño es el topónimo de “Cuna del Moro”, nombre que se dio a una sepultura de forma antropomorfa, excavada en piedra, que se encuentra en el despoblado conocido como Avellaneda. No se trata de una sepultura mora, sino cristiana, para algunos de origen visigótico, para otro medieval.

          Entre los cristianos por una parte y los judíos y moros por otro, debieron surgir grandes dificultades y diferencias, hasta tal punto que los edificios de unos y otros se diferenciaban, ya que los cristianos viejos solían grabar bien en las jambas o en el dintel, una cruz sobre un monte, enmarcada generalmente en un círculo.